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Pensar en lo fluido


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  • Cuerpo y Paensamiento. Nuevo taller -Agosto

     “A los árboles altos los mueve el viento

    Y a los enamorados el pensamiento…”

    (canción popular).

    El pensamiento, curiosa potencia que tenemos y que nos

    tiene...

  • De Dios

     

    Si Dios existe o no existe, no es la pregunta, no es el tema. Acaso, desde nuestra condición humana no contemos con la capacidad para llegar a tan alto nivel de entendimiento. Sin embargo podemos decir que existe otro dios, otros dioses, y son los que nosotros creamos, a través del tiempo, de maneras diversas y que nos permite encontrar panteones muy disímiles: unos, formados por animales (totémicos), otros, por animales mágicos (serpientes emplumadas, dragones, etc.), y también por bosques o montañas, aún por dioses antropomorfos, hasta llegar a modos tan sutiles de dios que podríamos llamar “ateos”.
    Por eso, resulta más interesante pensar que, aún si Dios existe, el hombre crea a dios… (Tarea de los teólogos sería investigar cuánto coinciden Dios y el dios y los dioses que el hombre crea).
    Tal vez la pregunta sea “qué” es el dios que los humanos hemos ido creando y perfeccionando y olvidando, y la hermosa manera que tiene ese dios que creamos de crearnos a nosotros (¿a su imagen y semejanza?).
    ¿Dios es, como proponen algunos, la cifra, el patrón, la clave, la llave mágica del paradigma, del mundo cultural que lo creó?
    Podemos seguir un recorrido de la evolución de ese dios. Los Huarpes, por ejemplo, creían (y creaban) su dios bajo la forma de una montaña (que seguramente coronaba los valles que ellos hollaban). Cuando los Diaguitas, que ya habían sido conquistados por los Incas, llegaron a los valles y al dios de los huarpes, impusieron su dios: el sol. El sol parece ser más lejano y más universal, que la montaña que adoraban los Huarpes, y podemos imaginar que quienes lo adoraban habitaban un mundo conceptual y mítico más complejo, con mayores niveles de abstracción que el de sus dominados: el sol aparece y desaparece, no se puede pisar, tocar, y pareciera que comienza a llevar la mente de los hombres hacia “los cielos” que habita nuestro creador (¿nuestra creación?), el Dios de Israel.
    Y es que, cuando los españoles regaron estas tierras con su semen, sus balas y su evangelio, trajeron un dios más abstracto, Dios que estando en todas las cosas no es ninguna, Dios que, como quería Pascal, es una circunferencia cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Dios que sería el modo, la clave, la función de ese sistema compuesto por álgebras, filosofías, herramientas, mapas, letras, artes, etc. que hoy llamamos “occidente”.
    ¿Podría leerse la historia, entonces, como la conquista de dioses evolucionados sobre otros menos complejos?
    Claro que cuando Alejandro conquistó Persia merced a la coordinación de sus falanges (técnica que había tomado de los griegos), a la innovación tecnológica de sus pilum más largos, a la fuerza de su intento, y vaya uno a saber a cuantos otros factores, en lugar de imponer a los vencidos la adoración de sus dioses, se convirtió a la fe de los derrotados, los Persas. Y ese sólo dato derrumba la hipótesis anterior.
    Pero esto no responde a la pregunta ¿Qué es dios, y de que modo, una vez creado, nos crea?
    En los tratados de la mística monoteísta, se refieren al pasaje del politeísmo al monoteísmo como “el” salto lógico revolucionario, el vuelo a lo “abstracto”, que pudo superar la dispersión de principios que operaban en las religiones politeístas, en un único gran principio, abstracto y poderoso, capaz de sostenerse y sobrevivir en su función de explicar todas las cosas, todos los vínculos, todas las sombras.
    Ese gran salto integrador podría justificar los altísimos niveles de complejidad que el pensamiento judeo-cristiano supo desarrollar a través de la historia. Así, el monoteísmo, además de un nuevo modo de adoración fue un nuevo modo de pensar, de organizar las causas y los azares, la verdad, la exploración, la investigación, el derecho… una nueva clave.
    Pero pareciera que esos místicos monoteístas olvidaron, o no dieron relevancia al hecho de que el politeísmo sigue vivo, actuando con su propia clave, y que fue también puliéndose y potenciándose a través de los tiempos, como un guijarro que al bajar por un río, va limando sus aristas. Y basta recorrer la sagrada y mítica ciudad de Benares, en las márgenes del Ganges para ver toda la potencia del politeísmo actual. Y no hablamos solamente de la actualidad de su liturgia, de su fe, sino también a la topografía de pensamiento, de acción, de legislación, que se cifra en ese modo, del cual Bramha, Vishnu, Shiva, y otros 300.000 dioses son sus rostros operativos. Ardua labor es la del viajero occidental (cuya mente, aún la del no creyente, esta tallada según las necesidades del monoteísmo) que en su afán de conocimiento, busca comprender la manera politeísta de ser. Las cosas allí (más allá del Ganges) no mantienen la univocidad del ser que nosotros anhelamos. Shiva es Shiva, el destructor, padre de Ghanesa, y también es Parvati (su consorte), y también es cada una de sus encarnaciones y también es brahma (el creador), y también es todo, y también no es.
    Y pareciera que ese extraño modo del pensamiento que es la India, es también capaz de los máximos niveles de abstracción (si es, además capaz de niveles de abstracción más profundos que la mente occidental es tarea para otros ensayos). Cuando las empresas de computación llevaron sus programas para enseñar a los hindúes a manejarse con las nuevas “creaciones” de occidente, descubrieron que éstos, demoraron menos de la mitad del tiempo estipulado en aprender y manejar con eficacia, las máquinas más complejas. Tal vez ayude a esto el hecho de que la mente hindú esta organizada por imágenes, que se vinculan entre sí en diferentes niveles lógicos, como un complejísimo tramado de muñecas rusas que arman una trama descomunal, viva, y cuyos límites son imposibles de precisar. Imágenes de dioses, relacionados entre sí por parentescos, por coexistencia, por identidad, por diferentes simpatías, como un sistema de “ventanas” (Windows) que además de “ser” información en sí mismas, son también, un sistema de probada eficacia para organizar información.
    Esto, sin embargo, no termina de contestar nuestra pregunta: ¿Qué es dios, y de que modo, una vez creado, nos crea? Apenas comienza a mover suavemente las aguas de esa pregunta.
    Ardie Sigwal, en los albores del nuevo milenio, en su “Estudio acerca de la fuerza y de lo fluido, y de las cosas del mundo”, ideó un método, un curioso laboratorio donde experimentar con los conceptos, con la sensibilidad, y con el modo en que creamos la realidad. Sigwal comprendió que pensar, en la actualidad, montados en la herencia de nuestros mayores, la extensa dinastía de pensadores en cuyas filas figuran Sócrates, San Pablo, Guillermo de Occam, Santo Tomás, los invisibles autores del Talmud (y siglos después, del Zohar), Heggel, Spinoza y tantos otros, pensar hoy es operar con conceptos, parado sobre otros conceptos. Decidió entonces, tal vez inspirado en las exploraciones pitagóricas de la física y la matemática de la materia sonora, bucear en la materia para poder pensar apoyado, no sólo en los conceptos previos.
    Sigwal, quien en su primera juventud fatigó los rincones más diversos del orbe en busca del conocimiento, conoció en las márgenes del Río Amarillo, los principios de la doctrina taoísta, a través de la cual se acercó a la sensibilidad de que “… no podemos identificar el “Tao” (la vía, la verdad, la ley sutil con que se mueve la existencia) con ninguna de las cosas particulares del universo; sin embargo el agua es aquella que más puede acercarnos al misteriosos modo en que el “Tao” opera…”, y tomó con seriedad aquel principio. Por ello, sumergió a un grupo de pensadores en las aguas de la pequeña piscina del “Centro de Investigaciones Especiales”, para interrogar los modos en que opera la fuerza (proponiendo la hipótesis de que podemos figurarnos toda situación, desde las migraciones animales y humanas, las nubes, las mareas, hasta la teoría de la relatividad, como un sistema de fuerzas).
    Transcribimos aquí algunas anotaciones de Sigwal:
    “Toda acción genera una sombra infinita. Y cuando estamos sumergidos en las aguas, esa premisa se vuelve más clara. El agua opera así como un amplificador.
    Cada movimiento que ejercemos en el agua nos muestra la actualidad de ese principio: muevo mi brazo y éste mueve al agua que, a su vez, mueve mi brazo. Y cuando somos muchos los que nos movemos en el agua, la proyección de nuestros actos se multiplica, la potencia de la acción se imprime en las aguas como si fuese una película fotográfica pero viva, capaz de movernos a nosotros, los creadores de las fuerzas.”, y también: “Imaginemos un grupo de diez personas quietas en las aguas quietas de la piscina. Imaginemos ahora que cada una comienza a desplazarse, caminando (la profundidad no supera el metro cincuenta) y desplazando doblemente las aguas: por acción de empujar la que se encuentra delante y por acción de traer la que está atrás por el “vacío” que el cuerpo va dejando. Al principio es posible leer el surco dinámico que cada uno va dibujando en el agua, pero a partir de un determinado momento, la composición de fuerzas genera, crea, un sistema único y actual, una serie de recorridos, de corrientes de agua con complejas curvas, cambios de velocidad, de intensidad, con un pulso único y una potencia capaz de mover a los participantes durante lapsos de hasta diez minutos, de arrastrarlos como si fuera un río de montaña, de mover a quienes crearon las fuerzas que animan ese diseño, de formar a quienes crearon esa forma, de determinar a quienes determinaron ese organismo…”
    Siguiendo a Sigwal advertimos que se podría deducir, de cada particular agenciamiento de fuerzas moviéndose y moviéndonos en la piscina, un patrón, una clave, una fórmula: dios. Y creemos ver en lo simple de su experimento (y resaltamos la simpleza con que evidencia un modo del suceder), un modelo vivo de cómo a partir de esfuerzos individuales se genera un modo colectivo y cómo, finalmente ese modo, ese dios, termina por determinar, por crear, por dar forma a aquellos que lo crearon.

    Creemos, finalmente, que las experiencias acuáticas en las aguas del Centro de Investigación no pueden siquiera comenzar a contestar la pregunta de qué es dios y de cómo lo creado nos crea, pero sí tienen la capacidad de acercarnos a la sustancia de ese fenómeno con una nueva gama de datos e intuiciones.una nueva gama de datos e intuiciones.

     

  • Texto publicado en revista Ventizca, edición Primavera 2007 (por Sztulwark-Sicorsky)

    Pensar en lo Fluido ¿Qué pasa sobre el cuerpo de una sociedad? Flujos, siempre flujos. (Gilles Deleuze).


    ¿Que color tiene lo que vibra?

  • Pensar en lo Fluido

    Nos hemos cansado de escuchar “pensar sobre”.

    Queremos pensar “en”...

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